Conciertos
16-02-2010
Dinosaur Jr. Heineken, Madrid
Sus visitas a España siempre son objeto de expectación porque es una banda que ha envejecido con elegancia. Con la recuperación de la formación original, han vuelto a capturar la química del pasado. Todavía son capaces de grabar discos tan redondos como el megatómico «Farm» y sus conciertos siguen siendo una exultante demostración de rock sin pulir, directamente salido del infierno, una erupción de lava sónica a través de torres Marshalls. Dinosaur Jr. ha venido a ocupar el espacio que demandaban los seguidores de Nirvana tras la desaparición de éstos, pero a diferencia de la banda de Kurt Cobain, nunca han tenido que recurrir a arrastrarse por la MTV, ni vivir del fondo de catálogo. "Esta es nuestra música, quien quiera que la escuche; el que no quiera, que le den", parecen decir totalmente ajenos a los rápidos cambios que están sucediendo dentro de la industria musical. Así son.

J. Mascis es una estrella; pero no ejerce como tal. Situado en el centro de gravedad de tres columnas de amplificadores, desecha recurrir a aspavientos, poses, piruetas y demás artificios secundarios para generar espectáculo barato. Silencioso, tímido, ausente, lo suyo es concentración para elevar la guitarra a la categoría de octavo arte. Ellos son un género en sí mismo: en directo son los creadores del feedback-jazz. El primer término huelga comentarlo por atronadora evidencia; el segundo por la constante improvisación en la que se embarcan durante los intermedios instrumentales. Ser un trío no les limita, al contrario, les dota de libertad para perpetrar cualquier barbarie y extraer vitalidad donde otros no llegan. Mascis y Barlow, cada uno a lo suyo, van por senderos diferentes en titánica lucha para ver quien se dirime en ganador del genocidio de tímpanos. Con la única regla de seguir el ritmo de Murph, descerrajan acordes totalmente desconectados entre ellos pero que en conjunto suenan a gloria bendita, caliente como magma hirviente, penetrante como el colmillo de una víbora. Lo único que deslució fueron las constantes paradas entre canciones para que Murph tensase los tambores y Mascis afinase la guitarra. La cara Fender Jazzmaster, famosa desde que Sonic Youth la reivindicó a principios de los años 80, pierde con facilidad la afinación. Aún así, grandes entre los grandes.
Autor: Manuel Beteta







